martes, 27 de diciembre de 2016

Se publica «Cervantes con Goya: leyentes y mirones de caprichos y desastres»

Se ha publicado el número de noviembre de la revista Letra 15, el número 6 ya, que contiene el artículo Cervantes con Goya: leyentes y mirones de caprichos y desastres, en el que se explora la imagen digital.

Este es el abstract:

«Ensayo dramatizado, con forma de coloquio, sobre la puesta en marcha de un proyecto de investigación web con alumnos de bachillerato sobre las relaciones entre historia, literatura y artes visuales. Se exploran los vínculos entre Cervantes y Goya en el contexto de la locura de las brujas, utilizando como recursos principales las posibilidades que ofrecen las imágenes digitales y el uso didáctico de los dispositivos móviles.

Se analizan con profundidad el «Coloquio de los perros» y los «Caprichos», se practican las técnicas colaborativas de lectura y escritura móviles de toma de notas digitales y de creación de obras derivadas mediante recorte digital y se recorre la historia de la imagen múltiple, desde el grabado y la estampa hasta la imagen digital de nuestros días, analizando la bibliografía y exponiendo los principales recursos digitales disponibles en línea.

Se crea una publiweb ─publicación en línea en formato web─ denominada Cervantes, Goya y las brujas en la que se dan la mano la Historia, la Lengua española y literatura y la Historia del arte».
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lunes, 6 de junio de 2016

Se publica «El teléfono móvil en el callejón del Gato»

Hace unos días ha visto la luz pública el número 5 de la revista Letra 15 que incluye el artículo «El teléfono móvil en el callejón del Gato», en el que tres estudiantes de Bachillerato dialogan sobre Luces de bohemia, de Ramón del Valle-Inclán, mientras recorren los escenarios urbanos en los que se ambientan las escenas de esa obra inclasificable, porque la forma dialogada y teatral convive con una pluralidad espacial y temática nada fáciles de representar.

La visita literaria se realiza mientras se practican varios usos didácticos de los dispositivos móviles, que facilitan la lectura y la escritura digitales. Se recorren La Buñolería Modernista, hoy Chocolatería de San Ginés; el Ministerio de la Gobernación, hoy palacio de la Comunidad de Madrid, la Casa de Correos en la Puerta del Sol; y el callejón del Gato, llamado así hoy como ayer.

Se sacan fotos, se usan aplicaciones ex professo, de toman notas, se buscan lecturas digitales, se toman notas, se busca información y se localizan enlaces, se lee el texto principal, se consultan diccionarios, se visualiza cartografía histórica... Técnicas novedosas que combinan bien con la lectura y viveza de los textos valleinclanescos sobre el terreno.

Leer epub propios subiéndolos a Google Libros

Una vez que tenemos un epub propio sin protección, se puede subir a nuestra biblioteca de la cuenta de Google Libros y utilizar la aplicación lectora del mismo nombre para leer, en cualquier dispositivo, de forma que se sincronicen la posición de lectura, los marcadores y  y las anotaciones.

Si se utiliza un ordenador de sobremesa con Windows.

  1. Identificarse en el navegador con la cuenta general de Google en Google Play Libros (https://play.google.com/store/books)
  2. Ir a Mis libros y pulsar en Subir archivos.
  3. Arrastrar el archivo epub a la caja de subida.
  4. Abrir el epub y leer, marcar, anotar, seleccionar-copiar (pero no compartir), traducir.
Otra posibilidad es usar un dispositivo móvil con Android.
  1. Para subir un epub propio desde el móvil hay que abrir la aplicación Google Libros y activar en Ajustes la opción Habilitar subida de PDF, desde Descargas, el correo u otras aplicaciones.
  2. Al descargar el epub desde alguna procedencia y, mediante un explorador de archivos ir a la carpeta Descargas (Download), al pulsar sobre el archivo se ofrece la opción Subir a Play Libros.
  3. La obra se incorpora a la sección Libros subidos de Mi colección de la librería de la aplicación Play Libros.
  4. Pulsando encima se abre para leer. También se puede eliminar. Al darle para leer se descarga en el dispositivo y avisa del consumo de datos correspondiente..
  5. Desde un correo electrónico, se puede subir a Google Libros el fichero epub anexo pulsando sobre él y escogiendo la opción que se ofrece.

sábado, 16 de enero de 2016

Se publica «Alonso Quijano y la biblioteca digital personal»

Se publica, el pasado noviembre, el número 4 de la revista Letra 15, donde se encuentra el artículo Alonso Quijano y la biblioteca digital personal, en el que se exploran diversas formas de acercamiento al Quijote mediante técnicas de lectura móvil y la aplicación del concepto de biblioteca digital personal, al que dedicamos una entrada en este cuaderno de bitácora.

Se tratan también las bibliotecas escolares digitales, en su versión móvil, sobre las que hay un artículo interesante, todavía pendiente de publicación, en las actas del Congreso Iberoamericano sobre Bibliotecas Escolares, CIBES 2015.

Se habla también del préstamo bibliotecario digital eBiblio.

Así concluye el articulista su encuentro con bachilleres el Día del Libro de 2016:

«Y, tras una preciosa descripción de sucesos maravillosos que sigue a lo anterior, termina don Quijote con este memorable elogio de la lectura, que no resisto a leerles con mi propia voz, y no se preocupen si notan que me tiembla de emoción: es que de chaval leí muchos cómics de superhéroes y solo tras pasear por el Quijote una y otra vez he llegado a comprender de verdad por qué me gustaban tanto.»


sábado, 15 de agosto de 2015

La biblioteca digital personal

Quien más, quien menos tiene una biblioteca personal y es capaz de describirla fácilmente. Pero si se quiere entrar en los detalles, la cosa se complica. Hagamos ese ejercicio. Para empezar, debemos distinguir entre la biblioteca personal analógica y la digital, aunque lo que les es común es que contienen documentos creados o seleccionados de alguna forma por nosotros.

La biblioteca personal analógica o física, la de toda la vida, está formada por tres elementos principales relacionados con la lectura:
  • libros y revistas impresos en papel, colocados en las estanterías de la casa o la oficina; 
  • otros impresos, como instrucciones de los electrodomésticos, facturas, recibos..., guardados en carpetas o archivadores en casa o la oficina; 
  • y, por último, la colección de manuscritos autógrafos, como diarios, notas con la lista de la compra, las cartas o postales que recibimos de pequeños, escritos breves o dibujos de nuestra u otra mano... 
Además están los discos de música y los cuadros, carteles y fotos, todos ellos cosas que podemos coger con las manos, ya que existen en soportes tangibles, como los denomina la legislación atendiendo a la presencia material y dejando de lado el contenido.

Debe tenerse muy en cuenta que en esta colección hay originales (nuestras notas) y sobre todo muchas, muchas copias (los libros, los documentos impresos...). Hasta Gutenberg, las bibliotecas contenían únicamente manuscritos, por eso los incluimos también nosotros.  

Los integrantes más prestigiosos son los libros, que ocupan su espacio con orgullo y aguantan bien el paso del tiempo: ese ejemplar, por ejemplo, no lo he abierto desde hace vente años, pero quién sabe si lo abriré mañana. Por si acaso ahí se queda, para mis hijos. Con el resto de impresos y manuscritos no somos tan clementes: muchos caducan y los expurgamos, haciéndolos desparecer: el espacio es valioso y la mayoría de los papeles tienen vida útil muy corta, aunque de vez en cuando nos preguntamos: ¿dónde estarán las malditas instrucciones del refoncilador este? 0 bien, ¡juraría que tengo esa foto por algún lado, en la que el que es ahora un importante cargo público amanece por la puerta de la tienda de campaña de hace varias décadas hecho un adolescente!
En resumen, hacemos más o menos lo que vimos hacer a nuestros padres con sus libros y papeles, con al menos dos importantes excepciones: la primera es la abundante correspondencia manuscrita que ellos intercambiaron cuando eran jóvenes (y que se perdió en algún traslado o limpieza) y que nosotros ya no hemos escrito con bolígrafo. Y en segundo lugar, la abundancia de documentos impresos procedentes de archivos digitales, que nos llegan o que imprimimos nosotros mismos en papel, aunque cada vez unos son menos (recibos y facturas electrónicos que se pueden consultar en la Web) y otros son más (recetas médicas digitales impresas desde el ordenador del médico, y ya no manuscritas autógrafas).

Podemos considerar toda esta colección de documentos nuestra biblioteca personal, que se extiende en el espacio y lo ocupa generosamente, en el caso sobre todo de las paredes y los libros. Tiene siempre un cierto orden, porque su razón de ser es poder recuperar lo que se necesite, sea la receta de la abuela, la renta o la acreditación académica: es también nuestro archivo personal. Si prestamos libros, nuestra biblioteca se extiende más allá, claro está. Es una de nuestras pertenencias más importantes y queridas, ¿o acaso no?

¿Cómo afecta la irrupción de la era digital a nuestra biblioteca personal?


Adelantemos, como es fácil imaginar, que mucho, muchísimo. ¿Cuánto exactamente? Hagamos un inventario somero, como el anterior y comparemos, miembro a miembro, cuando sea posible, la biblioteca digital con la analógica.

Lo primero en nuestra biblioteca personal digital son los libros electrónicos, que denominamos así por analogía con los de papel y sus géneros favoritos: narrativa, ensayo, poesía. Mucha gente tiene ya centenares o incluso miles de ebooks almacenados en sus lectores de tinta electrónica (ereaders), en el ordenador, la tableta o el mismo teléfono móvil, donde lee en cualquier momento en que se puede. Hay muchos programas y aplicaciones de lectura y una oferta digital generosa, que incluye tanto obras antiguas digitalizadas como recientes que han nacido ya digitales a la vez que se editaban (o no) en papel. Preguntémonos, si somos lectores devotos, cuántos títulos tenemos en soporte físico, impresos en papel, y cuántos en soportes de archivos electrónicos. No será difícil que los digitales superen en número a los de papel. Las razones de ello son tan conocidas que no merece la pena detenerse.
Sigamos: el siguiente grupo de documentos digitales es el equivalente a los impresos de papel. También los tenemos en grandes cantidades, almacenados como archivos en carpetas del ordenador, la tableta o el móvil. Proceden de descargas de Internet, correos o creaciones nuestras: a veces todavía los imprimimos, para archivarlos mejor -decimos-, y por si acaso. Está en nuestra mano archivar una parte de esos documentos en el sitio (carpeta) que escojamos, y podemos irlos moviendo o copiando, como los documentos generados por procesadores de texto u hojas de cálculo. Pero otra parte de esos documentos no podemos moverlos a nuestro antojo, ya que están guardados de forma opaca en las carpetas del programa o aplicación y únicamente a su través podemos acceder a ellos (Evernote, Keep, iTunes). Otras aplicaciones ofrecen accesos más abiertos a sus carpetas, como WhatsApp, que permite copiar y mover sus (tus) imágenes, vídeos y audios, ya que el contenido no está cifrado y se pueden abrir con otros programas o aplicaciones, por ejemplo para copiarlas a nuestra colección principal de fotos digitales en una carpeta del disco duro del ordenador.
Todas estas aplicaciones ocupan espacio digital de almacenamiento, sea en carpetas accesibles o no, pero algunas guardan también copias de archivos en la nube, que se sincronizan con las carpetas locales (Evernote, Dropbox, Documentos de Google). Esto tiene varias ventajas y alguna desventaja. Magnífico es el hecho de poder acceder a nuestro escrito desde cualquier dispositivo, bien sea desde el que lo creamos o desde otro que tenga conexión, para poder editar y sincronizar los contenidos. Podemos editar mientras nos movemos. La desventaja es que necesitamos conexión para tener la seguridad de que abrimos la última versión. Algunas de estas aplicaciones permiten crear sin conexión, como Documentos, Evernote o Keep, y luego decidir si sincronizar o no.
El espacio de almacenamiento digital, antaño caro, se abarata por momentos debido a la competencia entre proveedores, que añoran nuestros datos -el verdadero precio de lo gratuito-, y truecan gigas por tenernos con ellos. Por otro lado, los terminales vienen cada vez con más almacenamiento interno y muchos permiten añadir tarjetas externas de memoria donde guardar no ya los documentos de texto que manejamos, que son objetos digitales que ocupan muy poco (una novela representa uno o dos megas, pero un documento de texto la décima parte) sino fotos (una con cierta calidad uno o dos megas) y vídeos (a mega el minuto de vídeo). Con estas facilidades, ya no hay que andar borrando, a menos que uno quiera hacerlo y esté dispuesto a dedicarle el tiempo que ello requiere.

Esta abundancia plantea numerosos problemas de ordenación y recuperación, tema al que nos referiremos más adelante. Pero no hemos terminado ni muchos menos la enumeración de los elementos constituyentes de la nueva biblioteca personal digital. Algunos se remontan hasta muy atrás en el tiempo: durante unos años se dejaron de escribir cartas y su lugar lo ocuparon las conversaciones telefónicas, cuyo contenido oral no se podía recuperar, pero pronto llegó el correo electrónico, que hoy se nos hace imprescindible y que como correspondencia digital, análoga a la de tinta, debemos incorporar sin dudarlo a nuestra colección documental personal digital. Los programas y aplicaciones de correo suelen guardar nuestros textos de forma propietaria, en archivos locales empaquetados o en la nube, de forma que solo es posible el acceso desde nuestra cuenta, eso sí, y desde cualquier terminal, sea propio o no, como en un cibercafé. Los que son nuestros son los correos, tanto los enviados como los recibidos, que una vez leídos se conservan para siempre mientras haya espacio o si los borramos, durante un tiempo, en la papelera, o desaparecen.

Pero hay más documentos de conversaciones que sí perduran, al ser escritas y no orales: por ejemplo, los mensajes de chat, de los que generamos cantidades industriales. Si nos tomamos la molestia podemos saber cuántos mensajes de WhatsApp hemos enviado o recibido en un período de tiempo: mi uso de red de los últimos meses indica 16.646 mensajes recibidos y 13.768 enviados, que se traduce en un tráfico de unos 800 y 500 Mb respectivamente de datos multimedia y solo 50 y 42 Mb. de texto. Y esto no deber ser nada comparado con las estadísticas de un adolescente, que participa en numerosos grupos.

Quienes disfrutan con Twitter, Facebook y otras redes sociales también generan una jugosa colección de textos propios o ajenos que incorporan a su biblioteca personal.

Hay dos géneros literarios propios de la era digital y que muchos de nosotros practicamos: el blog y el wiki. Podemos participar como autores principales o como comentaristas y dejar un pequeño rastro textual personal, como también en las noticias y sitios web informativos que admiten el comentario y la réplica propios de la Web 2.0. 

¿Y navegar por la Red en general, a lo que tan aficionados nos estamos volviendo? Pues también historial de navegación da testimonio de ello, y tanto los buscadores como los propios sitios web sacan partido de ello, ya que nos retrata. El historial se puede normalmente consultar y también borrar, y algunas veces es la única forma de recuperar una información que se ha escabullido de nuestra memoria.

Pero lo más interesante para nosotros son los marcadores que creamos con nuestros sitios webs favoritos. Son direcciones a las que queremos volver. Tanto los marcadores como el historial pueden ser locales o localizarse también en la nube, asociados a nuestra cuenta personal, de forma que podemos a acceder a ellos desde cualquier artefacto con navegador. Todos estos textos personales digamos que están multiubicados, replicados en distintos sitios. Y no desaparecen cuando lo hace el terminal con el que los hemos creado.
genera masa documental digital personal, aunque no hagamos nada más que navegar, saltando de un sitio web a otro.

La colección de textos que acabamos de recorrer se puede asociar, por analogía, a los manuscritos autógrafos y, en cierta manera, lo son literalmente, ya que los escribimos de nuestra propia mano, aunque no con tinta sino con bits, mediante teclados virtuales y escritura dibujada, tecleada o dictada. Estos manuscritos digitales a veces toman la forma de pequeños textos que se reparten por un sinfín de programas y aplicaciones, como calendarios, citas, tareas, notas, consultas a aplicaciones de diccionarios, enciclopedias, traductores...

Por último, aunque podríamos seguir, debemos referirnos a esos maravillosos programas o aplicaciones multiplataforma que nos permiten coleccionar artículos de prensa (Pocket...) o seguir las noticias conforme se producen (Play Kiosco, Flipboard, Feedly...). Nos permiten recopilar textos e incorporarlos a nuestra colección documental, los revisemos o no más adelante.

En fin, ¿qué tenemos? Pues una biblioteca personal enorme, donde la parte digital supera a la analógica en todos los parámetros salvo en el tamaño físico necesario para sustentarla. Pero además, se complementan: decía Millán que él no sentía que tenía de verdad un libro impreso si no tenía demás la versión digital, en la que se puede buscar, seleccionar, copiar, subrayar, compartir...

Pero estos documentos digitales tienen vida propia, diferente de la analógica con la que queremos compararlos, buscando antecedentes que nos ayuden a comprenderlos mejor. Un ebook de verdad, un libro electrónico en formato epub, no es una versión digital de un libro impreso (lo que sí podríamos considerar que es un archivo pdf) sino otra cosa nueva, una nueva encarnación, digital, del mismo contenido inmaterial creado por el autor. La legislación los denomina archivos electrónicos en soportes no tangibles, o mejor, publicaciones en línea, y en ellas incluye tanto los archivos en formatos que se pueden descargar individualmente para su lectura sin conexión (formatos epub, pdf, mobi, fb2, zip, iso...), como los sitios web para lectura en línea, cuando estemos conectados.

También aquí, en la biblioteca digital, hay muchas, muchísimas copias, además de originales, por razones diferentes a las que justificaban su presencia en la biblioteca analógica: Internet es una gigantesca máquina de copiar y la tecnología móvil no ha hecho más que multiplicar esa capacidad.

Esta sobreabundacia, todo este ruido documental, pone sobre la mesa la importante cuestión de cómo gestionar la marabunta de nuestra biblioteca digital personal: cómo ordenar y cómo recuperar lo que nos interese sin morir en el intento, tema al que dedicaremos una próxima entrada.
 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Se publica «Sacad los móviles, vamos escribir»

Se acaba de publicar en el número 2 de la revista digital Letra 15 el artículo académico «Sacad los móviles, vamos a escribir», dedicado a la escritura digital móvil, que es la continuación o segunda parte de «Sacad los móviles, vamos a leer», que a su vez se centra en la lectura digital móvil, y del que se trató en una entrada anterior de este blog.

Profesores y alumnos de Bachillerato se encuentran en el aula y fuera de ella, para hablar de Literatura y de Historia, y de cómo algunas obras se localizan en el espacio y en el mapa, en lugares que pueden ser visitados hoy, con los textos originales en la mano, para averiguar qué sobrevive de otros tiempos y qué nuevas naturalezas ocupan sus sitios: son visitas para practicar la geografía literaria. En la Plaza Mayor de Madrid se encuentran con las criaturas de Galdós y en el Observatorio Astronómico con las de Baroja. Pero se proponen otras visitas más, para descubrir otras geografías literarias, de Galdós y Baroja, pero también de Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez.

Estos encuentros se realizan utilizando herramientas de lectura y escritura digitales y móviles: descargando archivos, leyendo en línea, sacando fotos, señalando ubicaciones, tomando notas, enviando mensajes, consultando diccionarios, redactando con las yemas de los dedos, mediante teclados virtuales, primero borradores, que se corrigen con ayudas digitales, y luego difundiendo las versiones finales, en chats, blogs o wikis, los nuevos géneros literarios digitales, basados en la autoedición.

Como apoyo a estas visitas literarias y sesiones docentes, el profesor encarga a los alumnos que lean artículos sobre escritura digital móvil, que luego discuten en las jornadas de clase posteriores. Esos artículos son precisamente las entradas anteriores de nuestro blog, que forman así un ecosistema digital con el artículo académico de Letra 15, y que se entreenlazan (sic) con él, en un ejemplo estupendo de hipertexto.